• Buena Suerte, Mala Suerte

    ¿BUENA SUERTE? ¿MALA SUERTE? ¡QUIÉN SABE!

    Una vieja historia nos habla de un anciano campesino, viudo, muy pobre que vivía en una aldea.

    Durante un cálido verano, el intenso sol y las escasas lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba agua en los arroyos. Por ello, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida a la aldea. Quiso el destino que el animal fuera a parar al corral del anciano campesino, donde encontró la comida y la bebida deseadas, quedándose a dormir.

    La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano campesino. Era una gran suerte que ese caballo salvaje fuera a parar a su casa. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado y ahora podría ayudarle en las tareas del campo.

    Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el anciano les replicó:

    “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

    Pero al día siguiente, ya saciado, el caballo escapó a las montañas. Los vecinos del anciano campesino se acercaron a su granja para condolerse con él, y lamentar su desgracia, y le decían: ¡Qué mala suerte que tu único caballo se ha escapado! A lo que el sabio anciano les replicó:

    “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender.

    Una semana después, el caballo regresó de las montañas trayendo consigo una manada inmensa, todos en busca de alimento y agua. Hembras jóvenes en edad de procrear y potros jóvenes, tantos que casi no cabían en la granja.

    ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada. Entonces los vecinos felicitaron al campesion por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió:

    “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza.

    Unos días más tarde, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos salvajes, Entonces los vecinos acudieron a felicitar al labrador diciéndole: ¡Qué buena suerte que tu caballo regresó y además trajo consigo un montón más! A lo que este les respondió:

    “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

    Pero al día siguiente, el hijo del campesino intentó domar al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huido al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su manada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Pero este lo tiró al suelo y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia, ahora no le podría ayudar en las tareas del campo. Por lo que fueron de nuevo a decirle al anciano: ¡Qué mala suerte, que tu hijo se ha roto la pierna! A lo que el viejo labrador se limitó a decir :

    “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

    Una semana más tarde, el país entró en guerra, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del campesino con la pierna rota obviamente lo dejaron tranquilo y se libró de ir a la guerra. Los vecinos que quedaron en la aldea fueron a ver al campesino y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con su vida. A lo que el sabio campesino respondió:

    “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

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