• EMPRENDE CON CABEZA

    Existe una gran literatura sobre emprendimiento. Si hacemos una búsqueda en google de la palabra “emprendedores”, nos devuelve unos 8 millones de resultados aproximadamente. Podemos encontrar web con consejos, manuales de marketing y gestión empresarial, asesorías económicas y un sinfín de artículos y entradas sobre cómo poner en marcha tu propio negocio.

    Igualmente hemos visto como durante el último año, toda esta temática ha dado el salto a la televisión generalista con programas de mentoring y Business Angels. Hasta el programa de moda de las sobremesas de televisión española, busca acercar la caridad al autoempleo (lo cual merecería otro análisis y detenimiento en próximas entradas).

    Es evidente que en fases más avanzadas de la creación de una empresa, será necesario un conocimiento profundo y especializado. Pero para comenzar a dar forma a nuestra idea y empezar a andar, toda esta abundante información es más que suficiente. Posibilita que cualquiera que pretenda iniciarse en esta aventura pueda completar su conocimiento inicial.

    Frecuentemente en mi despacho, me encuentro con personas que, más allá de las dificultades económicas, de las trabas legales o de los requisitos técnicos, su primer “pero” para emprender es que son muy mayores para aprender o hacer cosas distintas. Nacieron en una época en la que se creía que a partir de una determinada edad no se podía aprender nada nuevo.

    La ciencia nos decía que nuestras neuronas iban muriendo y no se regeneraban, y que por tanto no podríamos introducir cosas nuevas. Y ya fuera por los argumentos científicos, o simplemente por la asunción de la creencia generalizada; “es que ya soy muy mayor para aprender a hacer eso”, que en más de una ocasión alguno nos hemos cerrado ante nuevos aprendizajes.

    La buena noticia, es que la neurociencia ha descubierto que los aprendizajes no dependen de la cantidad de neuronas, sino de la cantidad y calidad de las conexiones que se establecen entre las que nos van restando. La mala es que nos quedamos sin argumentos para no seguir aprendiendo y poder emprender.

     

    Nos encontramos con el campo libre, con la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos, implementar nuevas prácticas y generar nuevos comportamientos. Aprender, desaprender y reaprender para poder emprender. Aunque debemos tener una cosa clara, para ello debemos contar con nuestros dos cerebros y con todas sus inteligencias.

    Poco a poco empieza a estar generalizado que tan inteligente es quien sabe hacer complicadas operaciones matemáticas, como el que sabe interpretar las emociones de los que le rodean. Quién sabe ejecutar una pieza musical con maestría, como el que domina varios idiomas. Unas habilidades pertenecen a ese cerebro lógico y analítico y otras a esa otra parte emocional y creativa.

    Ahora bien, los que nacimos ya hace algunos años, y que casualmente coincidimos con la edad media de los emprendedores, partimos con una desventaja; el hemisferio izquierdo del cerebro fue el único protagonista de nuestra etapa educativa. Nuestra inteligencia y nuestra trayectoria como estudiantes se medían con la puntuación de nuestros exámenes. Crecimos creyendo que el pensamiento lógico y el conocimiento racional eran superiores a la intuición, la imaginación y la creatividad.

    Esto hace que casi toda la literatura a la que podamos acudir, casi toda la información que podamos obtener, no sólo sean herederas de este paradigma, sino que las procesemos e interpretemos también desde nuestra razón. A la hora de emprender hacemos números, valoramos pros, evaluamos contras y analizamos el mayor número de variables, para poder apalancar sobre ellas nuestra decisión y nuestras motivaciones.

    Pero nos olvidamos de que esas motivaciones, esas ganas por iniciar una nueva andadura, no las obtendremos únicamente de todos estos análisis, aunque sí que pudieran alimentarlas.  Si nuestra mente racional lo ve claro nos lo pondrá más fácil, pero si nuestra mente emocional no pone de su parte, ya podemos buscar datos y cuadrar cuentas.

    Si me permiten el símil, es como si para lanzarnos a una piscina, solo nos bastara con saber la temperatura del agua, el nivel de cloración, la profundidad y  la cantidad de gente alrededor de la zona de zambullida. Pero, ¿y nadar?; también habrá que saber nadar. Y voy más allá, ¿y la satisfacción que nos daba lanzarnos de niños?, ¿Y la cantidad de experiencias emocionales que hemos ido acumulando veranos tras verano?

    A nadie se le ocurre buscar en internet las pautas para aprender a nadar, aunque sí que buscamos afianzar un conocimiento teórico para emprender. Y al contrario, pocos emprendedores hemos tenido la suerte de acumular experiencias y emociones a este respecto desde niño, pocos nos hemos permitido jugar y probar como en otras parcelas de nuestra vida.

    En nuestro proyecto profesional debemos ser los creativos y el departamento de contabilidad al mismo tiempo, los intérpretes y los autores, los arquitectos y los albañiles. Debemos fundir esfuerzos y entender que sin el impulso y el atrevimiento no comenzaríamos, pero sin el análisis y la comprensión racional de cada hecho no continuaríamos. Y al revés, sin un estudio previo, un orden y una estructura no podríamos empezar a generar satisfacción y alimentar las ganas de continuar.

    En esta maravillosa aventura de no saber cómo va a ser tu jornada laboral al día siguiente, nuestros dos hemisferios deben actuar juntos, deben de trabajar coordinados.  Necesitamos entrenar nuestras múltiples inteligencias; la creatividad, la intuición y el entusiasmo para atrevernos y generar nuevas ideas. Y también la lógica, el análisis y la planificación para llevarlas a cabo.

    Así es que me permito añadir a lo que seguro que han oído esto otras veces:

    Emprende con cabeza, pero con toda la cabeza.

     @Danimenen

    Daniel Meléndez Pérez

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