• Se vende tiempo, razón aquí

    Todos entendemos que el tiempo es algo intangible, no es un bien material que se pueda acumular o guardar, nadie tenemos un armario llenito de horas y de minutos. Aunque desde un punto de vista físico, el tiempo sí que es una magnitud que se puede cuantificar.

    Es decir, como seres racionales, hemos aprendido a tener conciencia de él, a controlarlo y medirlo. Y por tanto, como todas aquellas variables que se pueden dimensionar, a valorarlo y apreciarlo.

    La R.A.E nos dice que APRECIAR significa: 1. Poner precio o tasa a las cosas vendibles. 2. Sentir afecto o estima hacia alguien. Y 3. Reducir a cálculo o medida, percibir debidamente la magnitud, intensidad o grado de las cosas y sus cualidades.

    De acuerdo a esta definición, aquellos que tenemos la suerte de estar ocupados, tenemos tres acepciones por las que valoramos nuestro tiempo; bien porque hemos aprendido a percibir su magnitud. Tal vez porque tenemos multitud de herramientas para darle un valor monetario, en el terreno del intercambio de bienes y servicios. Y por último, y en parte debido a esto segundo, quizá porque sentimos afecto o estima hacia él.

    Desde un punto de vista de económico, un proyecto empresarial es objetivamente más o menos exitoso, en función de su acumulación de bienes, de su tecnología, su capital y la evolución de una serie de indicadores que han integrado también aspectos más emocionales, como el bienestar de sus trabajadores o la imagen ante sus clientes. Pero si preguntamos a empresarios de éxito, que es lo que más valoran o anhelan de su jornada laboral, seguro que muchos nos dicen, TIEMPO.

    Hace ya algunos años, tuve la oportunidad de asistir a un curso de Gestión del tiempo. Era uno de esos cursos de habilidades directivas que las empresas ofrecen a buena parte de sus trabajadores. Vaya por delante, que no era un curso al que fuera con grandes expectativas y abierto al aprendizaje. En aquel momento de mi vida, ciertamente estaba resignado sobre mi mala gestión del tiempo en el trabajo, hiciera lo que hiciera siempre me faltaba tiempo. Y si no era así, entonces estaban “mis jefes” para mandarme hacer otras cosas.

    Pero justo al comenzar, el formador nos proporcionó una serie de reflexiones que me hicieron reconsiderar mi postura y que, aunque han pasado varios años, ahora intentaré resumir.

    Si el tiempo es algo que irremediablemente ocurre, que no podemos controlar o parar, porqué nos empeñamos en querer gestionarlo. Y al contrario, si es algo que no podemos acumular o poseer, tranquilos que tampoco lo podremos perder.

    Gestionemos lo que hacemos en ese tiempo, las tareas y acciones que ejecutamos, su duración y los recursos que empleamos para realizarlas. Y perderemos, mejor dicho, dejaremos de hacer otras cosas, cuando no gestionamos bien “eso que hacemos en nuestro tiempo”.

    He de confesar que desde ese momento fui mucho más consciente, de que “el tiempo” dependía de mí, deje de asumir un papel secundario y de queja con respecto a ese “mi” tiempo que transcurría inexorablemente “lo hiciera como lo hiciera”. Y asumí un papel protagonista, preocupándome de lo que sí que hacía en ese tiempo y sobre todo, de lo que dejaba de hacer.

    Ahora seguramente trabajo muchas más horas, pero disfruto y valoro todo aquello que hago las 24 horas del día. Aunque no tenga una jornada laboral “formal” que cuantifique y discrimine mi tiempo de trabajo del que no lo es.

    Por ello, para finalizar, me gustaría compartir una historia que hace un tiempo circulaba por internet y que a mí personalmente me hace saber lo realmente que vale mi tiempo como autónomo:

    Un hombre llegó del trabajo a casa otra vez tarde, cansado e irritado, y encontró a su hijo de cinco años esperándolo en la puerta.

    • “Papá, puedo preguntarte algo?”
    • “Claro, hijo, ¿el qué?” Respondió el hombre.
    • “Papá, ¿cuánto dinero ganas por hora?”
    • “¿Por qué lo preguntas?”, dijo un tanto molesto.
    • “Sólo quiero saberlo. Por favor dime ¿cuánto ganas por hora?”. Suplicó el pequeño.
    • “Si quieres saberlo, gano 20 euros por hora.”
    • “¡Oh!”, repuso el pequeño inclinando la cabeza. Luego dijo:
    • “Papá, ¿me puedes prestar 10 euros, por favor?”
    • El padre estaba furioso.”Si la razón por la que querías saber cuánto gano es sólo para pedirme que te compre un juguete o cualquier otra tontería, entonces vete ahora mismo a tu habitación y acuéstate. Piensa por qué estás siendo tan egoísta. Trabajo mucho, muchas horas cada día y no tengo tiempo para estos juegos infantiles.”

    El pequeño se fue en silencio a su habitación y cerró la puerta. El hombre se sentó y empezó a darle vueltas al interrogatorio del niño. “¡Cómo puede preguntar eso sólo para conseguir algo de dinero!”. Después de un rato, el hombre se calmó y empezó a pensar que había sido un poco duro con su hijo. Quizás había algo que realmente necesitaba comprar con esos 10 euros y, de hecho, no le pedía dinero a menudo. Fue a la puerta de la habitación del niño y la abrió.

    • “¿Estás dormido, hijo?”, preguntó.
    • “No, papá. Estoy despierto”, respondió el niño.
    • “He estado pensando, y quizá he sido demasiado duro contigo antes. Ha sido un día muy largo y lo he pagado contigo. Aquí tienes los 10 euros que me has pedido.”

    El niño se sentó sonriente:

    • “¡Oh, gracias, papá!”, exclamó.

    Entonces, rebuscando bajo su almohada, sacó algunos billetes arrugados más. El pequeño contó despacio su dinero y entonces miró al hombre, el cual, viendo que el niño ya tenía dinero, empezaba a enfadarse de nuevo.

    • “¿Por qué necesitabas dinero y ya tenías?”, refunfuñó el padre.
    • “Porque todavía no tenía bastante, pero ahora sí tengo. Papá, ahora tengo 20 euros… ¿Te puedo comprar una hora de tu tiempo?”.

     

    Daniel Meléndez Pérez   @Danimenen

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